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| DEL YELTES AL HUEBRA - PACO CAÑAMERO: Una sorpresa serrana (Articulo de opinión de Tribuna.net) |
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Articulo de Opinión publicado en Tribuna.net ... Al llegar a Navarredonda de la Rinconada, el senderista busca la taberna para saciar su sed, por lo que le pregunta por ella a un señor mayor que va montado en un cansino burro. “Ahí a la vuelta enseguida la tiene”..., DEL YELTES AL HUEBRA - PACO CAÑAMERO: Una sorpresa serranaÚltima actualización 09/09/2008@23:27:47 GMT+1 Al llegar a Navarredonda de la Rinconada, el senderista busca la taberna para saciar su sed, por lo que le pregunta por ella a un señor mayor que va montado en un cansino burro. “Ahí a la vuelta enseguida la tiene”, la dice. La verdad que está muy cerca de donde se encuentran. El señor viene de la huerta, lo que deduce el senderista a tenor de las aguaderas cargadas de frutas y hortalizas que lleva el cansino animal donde llaman la atención unos tomates, a los que el forastero debe mirar sin disimulo alguno porque al final, el hombre serrano le regala unos cuantos, antes de despedirse. Tras decirle adiós coge el camino indicado, el de la taberna, que es el lugar natural en el que se mide la vida de un pueblo. Llega enseguida y allí únicamente encuentra a un cliente que lee la prensa del día con tanto interés que ni tan siquiera levanta la cabeza ante la llegada del senderista. Se conoce que el cliente está harto a ver en el pueblo a gente que viene de subir del cercano pico Cervero o de alguno de los montes de esa zona. Como nadie lo atiende en el bar, ni el señor que devora el periódico se inmuta, decide gritar “¡jefe!”. Entonces, con rapidez llega un señor que se llama Juanma y es el dueño del bar, quien enseguida le pide disculpas por la ausencia. Juanma tiene además la tienda de víveres y ultramarinos, de la que se surte la gente del pueblo, junto a un pequeño botiquín y el dispensario farmacéutico, pues es el responsable de coger todos los días las recetas y llevarlas a la farmacia de la zona. Se conoce que Juanma es un hombre vividor que sabe ganarse la vida en un pueblo donde los inviernos apenas queda gente y ya únicamente los más mayores recuerdan cuando vivió su esplendor calero, cuando sus calerías fueron de las más famosas de toda la sierra, aunque desde hace unos años ha encontrado en el filón de la caza mayor una importante fuente de ingresos. Navarredonda, además tiene ese encanto único que atesoran los pueblos rurales, los que están situados en las primeras estribaciones serranas y parecen un escaparate, junto a la historia escrita sobre esas tierras. Por ejemplo, ahora que está tan de moda, sobre sus sendas galopó el ejército francés cuando le dieron matarile en la histórica batalla de Tamames y a aquel vaquero de Muñoz que se llamaba don Julián Sánchez, sus compañeros ya empezaban a reverenciarlo con el nombre del Charro, mucho antes de que el ascenso a brigadier le trajera el ‘don’ (lo que al guerrillero hizo tan feliz). Son también los mismos parajes que un siglo después recorrieran, también a lomos de sus caballos, los famosos cuatreros apodados como ‘Los Santas’, que eran del vecino pueblo de Escurial de la Sierra y a tenor de lo que uno le ha escuchado a los más mayores dicen que fueron los mejores y más valientes bandoleros que hubo en toda la sierra. Aunque les faltó fábula y leyenda como a los de Andalucía. De todo eso se habla en la taberna de Juanma, que es hombre al que se le ve que ama profundamente esa tierra cuando llega la sorpresa al ver entrar por la puerta a dos viejos amigos, a Fernando Vegas y Óscar Melero, que es el ‘Roberto Valentino’ de la política charra y están en el pueblo porque resulta que Óscar es el alcalde y Fernando, el teniente alcalde y tienen a Navarredonda como los chorros del oro. Únicamente falta en el equipo que fichen a Quique, el ‘play boy’ del mesón San Justo para encargarse de los bandos y que los ‘eche’ a la antigua, a toque de trompeta para anunciar por las esquinas los acontecimientos del pueblo: “Se hace saber, de parte del señor alcalde…”. Porque Quique, que es un galán a su aire, además iba a volver locas a todas las serranas. La mañana se va en charlas y el senderista repara en el cliente que sigue leyendo fijamente el periódico, sin haberse inmutado, cuando se asoma a la calle y ve otra vez al hombre del burro cansino que le regaló los tomates que llevaba en las aguaderas. |


